• La excusa pegajosa.

    From Equis@TEMP to ** ALL ** on Wed Oct 22 03:12:00 1997
    "El r¡o sin orillas" (fragmentos), de Juan Jos‚ Saer

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    Es que la carne de vaca asada a las brasas, el "asado", es no £nicamente el alimento de base de los argentinos, sino el n£cleo de su mitolog¡a, e incluso de su m¡stica. Un asado no es £nicamente la carne que se come, sino tambi‚n el lugar donde se la come, la ocasi¢n, la ceremonia. Adem s de ser un rito de evocaci¢n del pasado, es una promesa de reencuentro y de comuni¢n. Como reminiscencia del pasado patriarcal de la llanura, es un alimento cargado de connotaciones rurales y viriles, y en general son hombres los que lo preparan. Adem s de ciertas partes carnosas de la vaca, pr cticamente todas las v¡sceras son aptas para la parrilla: intestinos, ri¤ones, mollejas, coraz¢n, ubres de la vaca y test¡culos del toro. El asado se cocina a fuego lento y puede llevar horas, pero esa cocci¢n demorada es menos una regla de oro gastron¢mica que un pretexto para prolongar los preliminares, es decir la conversaci¢n fogosa, las llegadas graduales de los invitados que, trayendo alguna botella de vino para colaborar, van cayendo a medida que sus ocupaciones se lo permiten, incorpor ndose a la charla animada, no sin pasar un momento por la parrilla para inspeccionar el fuego o cruzar un par de frases con el asador. Es falta derespeto dar consejos o mostrar aprensi¢n sobre la autoridad del que esta asando, aunque cada uno de los presentes tiene su propia teor¡a sobre c¢mo deben hacerse las cosas. El asado reconcilia a los argentinos con sus or¡genes y les da la ilusi¢n de continuidad hist¢rica y cultural. Todas las comunidades extranjeras lo han adoptado, y todas las ocaciones son buenas para prepararlo. Cuando vienen los amigos del extranjero, cuando alguien obtiene alg£n triunfo profesional, cuando hace buen tiempo. Cuando los alba¤iles estan haciendo una casa ponen el techo, atan una rama verde en el punto mas alto de la construccion y hacen un asado. A pesar de su car cter rudimentario, casi salvaje, el asado es rito y promesa, y su esencia m¡stica se pone en evidencia porque le da a los hombres que se re£nen para prepararlo y comerlo en conpa¤¡a, la ilusi¢n de una coincidencia profunda con el lugar en el que viven. La crepitaci¢n de la le¤a, el olor de la carne que se asa en la templanza ben‚vola de los patios, del campo, de las terrazas, no desencadenan por cierto ning£n efluvio metaf¡sico predestinado a esa tierra, pero si en cambio, repitiendo en un orden casi invariante una serie de sensaciones familiares, acuerdan esa impresi¢n de permanencia y de continuidad sin la cual ninguna vida es posible. Al anochecer, se encienden los primeros fuegos. Un olor a le¤a, y despu‚s de carne asada es lo que sobresale cuando empieza a oscurecer en el campo, en las orillas del r¡o, en los pueblos y en las ciudades. Repartido en muchos hogares, no siempre equitativos, el fuego £nico de Her clito arde pl cido o turbulento, iluminando y entibiando ese lugar, que, ni m s ni menos prestigioso que cualquier otro, es, sin embargo, £nico tambi‚n, a causa de unos azares llamados historia, geograf¡a y civilizaci¢n; el fuego arcaico y sin fin acompa¤ado de voces humanas que resuenan a su alrededor y que van transform ndose poco a poco en susurros hasta que por £ltimo, ya bien entrada la noche, inaudibles, se desvanecen.

    ---------------------------------------------------------------------------- (c) "El r¡o sin orillas" Centro Editor de Am‚rica Latina, 1982 ----------------------------------------------------------------------------

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