• .......Puig, 2/2

    From Equis@TEMP to ** ALL ** on Wed Oct 22 03:12:00 1997
    ...viene del mensaje anterior

    ¨Qui‚n hab¡a entrado durante la noche? Pens¢ con escalfr¡o en un asalto: imposible, la puerta hab¡a sido cerrada por la misma Clara con pasador, Gladys era muy precavida y no habr¡a abierto a un desconocido. Se llev¢ las manos a las sienes y se dej¢ caer en un sof  ¨por qu‚ se asustaba asi? tantas veces en el invierno anterior Gladys se hab¡a levantado al amanecer para recoger los objetos que aparecen en la arena cuando la marea se retira. Pero en esos casos indefectiblemente la despertaba antes de salir. La madre se puso de pie, no mir¢ hacia la derecha-donde habr¡a percibido una presencia inesperada-y corri¢ a buscar en el ba¤o el canasto donde Gladys siempre colocaba los desechos que recog¡a. Rog¢ no encontrarlo, pero el canasto estaba all¡. Volvi¢ a la sala repitiendo el mismo recorrido en sentido inverso, por causas fortuitas no mir¢ esta vez a su izquierda. ­El desayuno!, fue a la cocina en busca de alguna taza sucia, de alguna miga de pan. Pero todo estaba como la propia Clara lo hab¡a dejado la noche anterior despu‚s de lavar los platos de la cena; Gladys nunca sal¡a para sus caminatas sin prepararse una taza de t‚, y siempre dejaba todo sin lavar. Abri¢ la puerta de calle y respir¢ hondo al aire salobre. Prometi¢ firmemente a s¡ misma no asustarse y esperar un rato m s el regreso de su hija, ¨pero qu‚ significaban esas pisadas? ¨no eran acaso de hombre?
    Agotada se recost¢ en la cama deshecha de Gladys, pens¢ que todo lo que ocurr¡a era culpa de la muchacha ­porque jam s le hac¡a confidencias! ¨Qu‚ habr¡a dentro del coraz¢n de su hija?, solo ten¡a seguridad de una cosa, de que Gladys estaba siempre triste, "...del £ltimo asilo / oscuro y estrecho, / abri¢ la piqueta / el nicho a un extremo. / All¡ la acostaron, / tapi ronle luego, / y con un saludo / despidi¢se ¨el deudo?... ¨el pueblo?... ¨el duelo?". Desde el jard¡n, a trav‚s de las cortinas de gasa, se ve¡a a Clara con los ojos desmesuradamente abiertos, fijos en el cielo raso; de m s cerca, tras el biombo, se pod¡an o¡r tambi‚n sus frecuentes suspiros, a modo de queja por su mala memoria. Lejos se oyeron truenos, proven¡an del sur, anunciaban una posible lluvia, tra¡da por vientos ant rticos: en pocos minutos se hab¡a descompuesto el tiempo en el litoral mar¡timo.
    Clara no se atrevi¢ a encender el velador, la gente dec¡a que la luz atra¡a los rayos, y acostumbrada a la construcci¢n compacta de Buenos Aires se sent¡a a merced de la electricidad atmosf‚rica en esa casa de un solo piso rodeada de pinos poco crecidos. En la penumbra se precipit¢ a revisar el ropero y la c¢moda donde Gladys guardaba la ropa, ¨qu‚ se hab¡a puesto para salir? Clara descubri¢ que ninguna prenda de calle faltaba. De pronto su mirada se top¢ con el perchero de la sala, donde Gladys y ella colgaban sendos tapados de nutria y faltaba... ­el de Clara! Fue despu‚s a las cajas de zapatos, no faltaba ning£n par. La bata de fina lana yac¡a sobre una silla, las chinelas estaban junto a la cama ¨y el camis¢n?, toda b£squeda fue in£til, el camis¢n hab¡a desaparecido. Por lo tanto Gladys hab¡a salido de su casa descalza, el tapado de piel sobre el camis¢n.
    ¨Pero por qu‚ el tapado de la madre, de corte ya anticuado? Clara no dud¢ un instante m s, algo muy raro hab¡a sucedido. Visti¢ ropa de salir y tom¢ por la calle principal casi corriendo rumbo a la comisar¡a, con la esperanza de llegar antes de que se precipitase la lluvia, "­Dios m¡o, qu‚ solos / se quedan los muertos! / All¡ cae la lluvia / con un son eterno; / all¡ la combate / el soplo del cierzo. / Del h£medo muro / tendida en un... tendida en un...".
    ¨Y en la comisar¡a qu‚ iba a decir? Ante todo har¡a la salvedad de que esa desaparici¢n pod¡a no significar una alarma, que su hija era artista y por consiguiente imprevisible en sus reacciones. Agregar¡a que Gladys ten¡a treinta y cinco a¤os, la verdad, ganadora de un premio de escultura, y no en la provincia sino en la ciudad de Buenos Aires. Ella y su hija hab¡an vivido siempre en la gran ciudad, no eran mujeres de pueblo chico. Aclarar¡a que Gladys no era muy popular en la Argentina, pero algo en el extranjero. Mientras que ella misma, como poetisa y declamadora, era mas conocida en su propio pa¡s. A¤adir¡a que no se trataba de diferencias en calidad, en vuelo creador, sino que todo se reduc¡a a que los artistas pl sticos no tienen la barrera del idioma y los poetas desgraciadamente s¡. Clara se dio vuelta, de repente hab¡a tenido la impresi¢n de que la segu¡an: uno auto color crema manejado por un hombre de sombrero estaba acerc ndosele. Pero una vez junto a ella no se detuvo y sigui¢ su marcha lenta hasta la esquina, perdi‚ndose de vista al doblar. ¨Qu‚ m s dir¡a en la comisar¡a?, ser¡a preciso explicar que Gladys no era una ni¤ita que se perd¡a al soltar la mano de su mam , no, hab¡a vivido a¤os sola fuera del pa¡s, ¨alguna se¤a particular?, Gladys antes nunca se maquillaba, pero con parte del rostro tapado por un mech¢n-no por una venda, ni por un parche de pirata, s¢lo la coqueter¡a de un mech¢n-, el ojo result¢ tan hermoso al pintarlo por primera vez... Un joven lleg¢ a decirle que ese ojo parec¡a un colibr¡ posado en su cara, ¨y qu‚ m s pod¡a ayudar a la polic¡a?, al oficial que la atendiese le pedir¡a ante todo discreci¢n, y que si su hija al rato reaparec¡a no la enterasen de la denuncia, y por supuesto habr¡a que ocultarle que una se¤a particular hab¡a sido indicada.
    Era verdad, se dec¡a Clara, con esas pesta¤as postizas importadas el ojo puede destacarse m s y resultar de una belleza radiante, el ojo celeste con el p rpado verde y las pesta¤as azabache como las alas y la colita erguida del colibr¡.
    Al llegar a la esquina donde el auto color crema hab¡a doblado, Clara hizo lo mismo y divis¢ a una cuadra la negra camioneta policial estacionada frente a la comisar¡a. ¨Y si Gladys estuviese ya de vuelta en casa y todo resultara un terrible papel¢n? La madre se detuvo, en la acera de enfrente se ergu¡a un cinemat¢grafo peque¤o, clausurado por orden municipal. Hac¡a tiempo que no pasaba por all¡. El manifiesto de clausura estaba pegado sobre las carteleras y cubr¡a el t¡tulo del £ltimo film programado. Clara sin raz¢n valedera se acerc¢ y ley¢ el dictamen policial, tal vez esperando que contuviese alg£n indicio del paradero de su hija, un anuncio de la providencia. El manifiesto s¢lo dec¡a que se cerraba la sala por razones de higiene y seguridad p£blicas.
    Tambi‚n hab¡a otras proclamas gubernamentales pegadas a la fachada que instaban al orden p£blico y recomendaban la captura de activistas all¡ enumerados; Clara no las ley¢. Improvisamente hab¡a llegado a la conclusi¢n de que su hija estar¡a ya emprendiendo el regreso a casa, porque tambi‚n a ella la aterraban las tormentas. Comenz¢ a desandar el camino. Adem s si los patrulleros buscaban a Gladys y la encontraban por una carretera en camis¢n y tapado de piel, la considerar¡an demente y la someter¡an a tratos intolerables para la sensibilidad de la muchacha, "...cuando las maderas / crujir hace el viento / y azota los vidrios / el fuerte aguacero, / de la pobre ni¤a / a solas me acuerdo. / Del h£medo muro / tendida en un... / tendida en un..." ¨c¢mo segu¡a? consult¢ su reloj pulsera, eran las nueve y media de la ma¤ana ­qu‚ no hubiese dado por saber d¢nde estaba su hija en ese preciso momento! "...all¡ cae la lluvia / con un son eterno; / all¡ la combate / el soplo del cierzo. / Del h£medo muro / tendida en un... en un... ­hueco! / acaso de fr¡o / se hielan sus huesos...", logr¢ por fin recordar, con satisfacci¢n.

    ------------------------------------------------------------------------------- "The Buenos Aires Affair" (c) 1973 Manuel Puig, (c) 1993 Espasa Calpe Argentina. -------------------------------------------------------------------------------

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