• mujer...mujer..

    From Equis@TEMP to ** ALL ** on Thu Oct 23 03:23:00 1997
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    ... viene del mensaje anterior


    Pero a ‚l no. l no iba a olvidarse de todas esas cosas. Y no s¢lo de eso. l empezaba a ver ahora lo que har¡a de su vida, a partir de ese momento. Algo sencillamente espectacular, tan simple y perfecto que le pareci¢ incre¡ble no haberlo pensado antes. Algo ‚pico, solitario, altruista e insanamente divertido a la vez. Algo que consistir¡a en repetir y perfeccionar lo que se le ocurri¢ en un bar esa misma tarde, cuando la chica de la mesa de al lado pidi¢ un agua mineral bien helada y ‚l la vio tan enloquecedoramente perfecta que pens¢: "Ni un submarino con tortas negras ser¡a capaz de arruinarte, cre‚me". O lo que pudo decirle a la pelirroja de pecas y cara de sue¤o que vio subir a su colectivo esa ma¤ana: "Hasta que te vi mi d¡a era en blanco y negro". Eso era lo que iba a hacer. Porque esas dos chicas no s¢lo eran descomunales, tambi‚n parec¡an tener una conciencia casi dolorosa de su belleza. Y parec¡an necesitar sutiles corroboraciones para seguir conviviendo con lo que eran. No piropos, sino dosis verbales de fe. Hab¡a millones de chicas por la calle que cre¡an realmente que ser lindas era un problema, un verdadero karma que nadie parec¡a tomar en serio. Y ‚l iba a convertirse en el aut‚ntico palad¡n de todas esas chicas cuya belleza les exacerbaba la sensibilidad acerca de s¡ mismas y las inquietaba cada vez m s. Una especie de peregrino sensual, inoculador de secreta fe en el coraz¢n de las chicas m s dolorosamente hermosas que se le cruzaran por el camino, y todo por el imperativo est‚tico de defender el  spero fulgor de esa belleza. Calcul¢ que, si se dedicaba a fondo a eso durante digamos veinte a¤os, a la larga tendr¡a la casi seguridad de ser, en gran medida, el art¡fice de la hermosura de todas las mujeres que pisaran las calles de Buenos Aires, el visionario descubridor de aquello que ser¡a el elemento esencial de todas ellas, su m s profunda identidad.
    Y la culminaci¢n de ese apostolado ser¡a que una de esas chicas, la m s incre¡blemente hermosa y l£cida, la m s eternamente joven de todas, se dar¡a cuenta y se enamorar¡a de ‚l, sentir¡a que hab¡a una complicidad esencial entre los dos y conseguir¡a que ‚l abandonara su solitario peregrinaje y se fuese con ella a ser felices para siempre. ¨Infantil? Era una idea totalmente extraordinaria. O acaso no exist¡an hombres capaces de apreciar el‚ctricamente la belleza femenina y el karma que significa la belleza para esas chicas. El asunto del romance coronando su tarea era, quiz s, un poquito excesivo, ¨pero qui‚n era ‚l para negar los milagros?
    Mir¢ el reloj: las diez y dos minutos. Se levant¢ del sill¢n y volvi¢ a asomarse por la ventana. Iba a gritar, o algo as¡. Qu‚ esperaban los de Segba para devolver la luz. Empez¢ a decir en voz baja: "Ahora, ahora, ya viene, falta poco, cada vez falta menos, que vuelva de una puta vez". Tante¢ hasta encontrar la perilla de la l mpara. Apret¢, pero nada. Respir¢ hondo, cont¢ de sesenta hasta cero y volvi¢ a probar. Nada.
    Entonces empez¢ la picaz¢n. De golpe, porque s¡. Se pas¢ la mano por la cara, despu‚s se rasc¢ con las u¤as, pero le picaba en el hueso. Empez¢ a frotarse la mand¡bula con las dos manos, con una suave y con la otra fuerte, y a ponerse nervioso. Pens¢ que se le estaba hinchando la cara, y de pronto tuvo la imperiosa necesidad de comprobar frente al espejo si su mand¡bula estaba igual que siempre. Fue hasta el ba¤o, sin hacer ruido, descalzo como estaba. Se acerc¢ al espejo y apoy¢ las manos en el vidrio. Apenas alcanzaba a distinguir un charco de negrura frente a su cara. Apoy¢ la frente, cerr¢ y abri¢ los ojos. La picaz¢n iba cediendo. Pens¢ por qu‚ las disyuntivas ten¡an que ser as¡ de terribles. O era ‚l que se planteaba las cosas a la tremenda. Hab¡a algo que justificaba empezar de nuevo con todo el razonamiento, pero de s¢lo pensarlo volv¡a a sentir esa piedra de odio en el plexo, ya fr¡a, cada vez m s fr¡a. Hasta de eso ten¡a la culpa ella, hasta el odio le hab¡a domesticado.
    Entonces volvi¢ la luz. No en el ba¤o, pero s¡ en otras partes de la casa y en las ventanas del edificio de enfrente. Oy¢ un murmullo que pod¡a ser de alegr¡a o de revancha y empezaron a sonar de golpe televisores y radios. l pens¢: fin del interludio reflexivo, la vida contin£a. Pero no se movi¢. Alcanzaba a distinguir las cosas que hab¡a sobre la mesada del ba¤o, por la daridad que entraba por la ventana y llegaba del living: el vaso con los cepillos de dientes, la Prestobarba azul, los frascos de perfume de ella. Retrocedi¢ dos pasos y mir¢ hacia la ventana. Pero ah¡ se qued¢, clavado al piso. La ba¤adera estaba llena de agua, y en el agua estaba ella. Desnuda, con los ojos cerrados, la frente llena de gotitas de agua y el pelo empapado echado hacia atr s, sobresaliendo del borde, suspendido en el aire y goteando.
    Pens¢: est  mojando el piso. Pens¢: est  muerta. Pero el agua se mov¡a casi imperceptiblemente, al ritmo de la respiraci¢n de ella. Mir¢ un rato largo las tetas que sub¡an y bajaban apenas en el agua. Pens¢: est  dormida, no le importa que vuelva la luz, ni siquiera se dio cuenta de que estuvimos a oscuras, porque ella no piensa, no se plantea nada, nunca va m s all  de ella misma. Pens¢: ya no la quiero. Pens¢: y ella, ¨me querr ?
    Retrocedi¢ dos pasos m s, agarr¢ uno de los cepillos de dientes, sigui¢ retrocediendo hasta salir del ba¤o y se lo tir¢ desde ah¡. Ella se despert¢ en el acto. Chapote¢ rid¡culamente, estir¢ las piernas bajo el agua y, echando la cabeza m s para atr s y un poco al costado, dijo, demasiado fuerte, como si fuese necesario que la oyeran en toda la casa:
    -Miguel, ¨volvi¢ la luz?
    l se qued¢ en donde estaba, aguantando la respiraci¢n. Ella volvi¢ a llamarlo, pero esta vez dijo Miguelito. l pens¢: puta de mierda. Pens¢: deber¡a matarla en este momento. Despu‚s prendi¢ la luz del pasillo y qued¢ con las manos apoyadas en el marco de la puerta del ba¤o.
    -¨Estabas ah¡ todo el tiempo? -dijo ella-. Me qued‚ totalmente dormida, qu‚ incre¡ble. ¨Es muy tarde?
    -Tarde para qu‚ -dijo ‚l.
    Ella se incorpor¢ un poco, movi¢ la cabeza para un lado y para el otro y se pas¢ la mano por la nuca.
    -No s‚ -dijo con esa voz que a ‚l le pon¡a los pelos de punta-. Para que me d‚s un masaje, por ejemplo. -Y mir¢ de reojo hacia la puerta.
    El segu¡a como hipnotizado el movimiento de la mano que iba y volv¡a por el cuello, debajo del pelo mojado. Sinti¢ que algo ced¡a y algo se endurec¡a en su cuerpo, y pens¢ que, si realmente iba a convertirse en el palad¡n sensual de las mujeres, ten¡a enfrente una que parec¡a necesitar una ayudita para seguir soportando su belleza. En el momento en que se fren¢ delante de la ba¤adera ella mir¢ hacia arriba y le dijo, formando las palabras sin sonido: ¨Hacemos las paces? Despu‚s, la sonrisa fue atenu ndosele en la boca y le empez¢ a brillar en el fondo de los ojos, temible y desvalida al mismo tiempo.
    Mientras se met¡a en la ba¤adera, ‚l pens¢ si eso que estaba pasando era el principio de una marat¢n altruista o apenas una claudicaci¢n m s. Pero no le import¢ demasiado; siempre le hab¡a resultado dif¡cil pensar adentro del agua.

    ------------------------------------------------------------------------------- de "Nadar de noche", de Juan Forn. (c) 1991 Planeta. -------------------------------------------------------------------------------

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