• Marechal...

    From Equis@TEMP to ** ALL ** on Tue Oct 28 04:27:00 1997
    Homenaje a Leopoldo Marechal
    Ernesto S bato

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    Ser¡a una ofensa hacer aqu¡, en tan pocos minutos, el examen y el elogio
    de la obra de Leopoldo Marechal. Tampoco es necesario: pasar  a la historia de la lengua castellana como insigne hito de la po‚tica y la narrativa. A ese monumento que le tiene reservado el tiempo no se le pueden arrojar bombas de alquitr n, y ha de ser invulnerable al insulto, la iron¡a, la envidia y el silencio: esos premios que con harta frecuencia los hombres de letras de nuestro pa¡s confieren a los que deber¡an honrar.

    Es arriesgado buscar atributos meta-hist¢ricos en los pueblos, pero la antigedad y la potencia de alguno producen algunas tenaces constantes a lo largo de su historia. Tal sucede con ese milenario, duro y grande pueblo hisp nico que dio su sello a esta tierra americana; un sello tan profundo e imborrable que hoy, despu‚s de cinco siglos de conquista, seguimos hablando la lengua de Castilla: y no £nicamente los viejos criollos descendientes de espa¤oles, sino tambi‚n los hijos y nietos de alemanes, italianos, rusos, sirios, jud¡os, polacos y armenios. Un fen¢meno asombroso que revela la fuerza espiritual de aquella conquista, pues la raza que fue cruelmente despojada y humillada no s¢lo ha producido dos de los m s altos poetas de la lengua castellana--Rub‚n Dar¡o y C‚sar Vallejo-- sino que esos poetas han cantado a Espa¤a en poemas memorables.

    Pero las virtudes suelen convertirse en defectos cuando se extreman. Y as¡, el orgulloso individualismo hisp nico, su altivo sentimiento de independencia, deriv¢ hacia el feroz egocentrismo y el desprecio por el otro, lado sombr¡amente destructivo que hemos quiz s heredado. En el pr¢logo a su obra sobre el Cid, con amargura Men‚ndez Pidal se¤ala este defecto de la raza, y escribe: <<La invidencia hisp nica, vicio eminentemente hisp nico, entorpeci¢ tenaz la obra del Cid, sin tener en cuenta el da¤o colectivo que en la guerra antiisl mica se segu¡a al destierro del h‚roe superior.>> As¡ era Castilla, <<que face los omes e los gasta>>. Y agrega que esta peculiaridad ven¡a de lejos, pues ya Estrab¢n caracteriz¢ a los ¡beros como orgullosos y torpes para la confederaci¢n. Y aquella envidia-aquella invidencia-obr¢ siempre como disolvente social y como fuente de resentimiento colectivo.

    << Torpes para la confederaci¢n >>, sagazmente describe Estrab¢n. Y cuando Sim¢n Bol¡var, despu‚s de su portentosa epopeya, declara con amargura que <<ha arado en el mar>>, pues que apenas liberados estos pueblos se sumen en la m s feroz de las anarqu¡as, confirma que dos mil a¤os despu‚s se mantiene intacto este terrible atributo de un gran pueblo- tanto m s perdurable y terrible cuanto m s grande es el pueblo que lo posee. Y todav¡a hoy, aqu¡ mismo, cada r‚gimen, cada gobierno rompe lo positivo que pudiera haber en el r‚gimen anterior; cambia de rumbo, destroza o contradice lo que hicieron los hombres que los precedieron. Y as¡ sobrevivimos en medio de proyectos abortados, impulsos detenidos, ense¤anzas opuestas, cambios de nombre en las calles y plazas. Claro que hay excepciones, pero cuando se producen las miramos con estupor, y por lo general las atribuimos a una especie de distracci¢n o de olvido, porque aqu¡ ni en lo destructivo somos sistem ticos, ni en lo malo somos buenos. De este modo, nuestra historia es una sucesi¢n de diatribas, cada facci¢n se considera due¤a absoluta de la verdad. La Argentina ha estado dividida siempre entre puros y r‚probos. Para los unos, Rosas es un genio virtuoso, para los otros un sanguinario chacal, cuyas cenizas ni siquiera tienen el derecho a descansar en su tierra. Pensemos lo que en cambio sucede en un pa¡s como Francia, donde sus conductores invariablemente son honrados, cualesquiera sean las opiniones sobre ellos por encontradas que sean; donde un hombre como Napole¢n, todav¡a execrado por multitud de franceses, es recordado por una hermosa calle, por un imponente pante¢n, por las grandes avenidas que conmemoran sus grandes batallas.

    Ansioso desde su juventud por la justicia social, Leopoldo Marechal fue desde la primera hora un peronista consecuente. No obsecuente, como jam s lo son los esp¡ritus grandes, y bastar¡a recordar que en 1951 fue separado del cargo que ten¡a. En virtud de ese perdurable defecto de nuestra herencia hisp nica, su militancia le vali¢ enemistad, rencor y silencio: un silencio poderoso y siniestro, apenas quebrado por algunos intelectuales que, por encima de sus discrepancias pol¡ticas, reconocieron en ‚l uno de los m s grandes escritores argentinos. Se le calific¢ de resentido, de vanidoso que pretend¡a ser genio, de engre¡do y hasta de tomista; como si compartir ideas de Santo Tom s pudiese ser motivo de desprecio. Un eminente hombre de letras lo calific¢, para colmar la horrenda medida, de delincuente.

    Casi solo, pero apoyado en ese puntal de acero y ternura que fue su compa¤era, en su peque¤o y pobre departamento de la calle Rivadavia, se aguant¢ aquel dur¡simo exilio en su propia patria, esa patria que quer¡a hasta la agon¡a. Modesto, pero tambi‚n con la conciencia de su grandeza--ya que se puede ser modesto frente a los valores supremos y arrogante frente a los idiotas--en momentos de extrema amargura lleg¢ por fin a quejarse, murmurando: <<¨Cu ndo mis compatriotas dejar n de orinarme encima?>>.

    Ten¡a, como todo gran artista, algo de ni¤o. Era un esp¡ritu evang‚lico, uno de esos seres que parecen salvar el esp¡ritu cristiano de esa Iglesia objetivada de que hablan Berdiaev y Urs von Balthasar. Era bondadoso, pero no en el sentido trivial de la palabra, ya que no podemos ni debemos permanecer bovinamente impasibles frente a la injusticia o la tortura. En uno de sus grandes poemas dice, en efecto: <<No vaciles jam s en la defensa o enunciaci¢n o elogio de la Verdad, del Bien y de la Hermosura: son tres nombres divinos que trascienden al mundo, y es f cil deletrear su ortograf¡a. No los traiciones, aunque te hagan polvo>>. Fue precisamente su sagrado sentido de la justicia lo que lo impuls¢ hacia el socialismo en su juventud y hacia el peronismo en sus a¤os maduros. Porque, cualquiera que sea el juicio que merezca la persona de Per¢n--y el m¡o es p£blicamente negativo--, nadie puede negar que encabez¢ el m s vasto y profundo proceso en favor de los desheredados. Y Leopoldo sent¡a como pocos el dolor de los indefensos, y amaba a su pueblo como siempre lo han hecho los artistas verdaderamente grandes: desde Cervantes hasta Tolstoi. Y, como es peculiar en esta clase de seres, no amaba al hombre en abstracto, esa Humanidad con may£scula bajo cuya invocaci¢n se han instaurado hasta campos de concentraci¢n, sino al peque¤o y precario y sufriente ser de carne y hueso. M s a£n: ansiaba que sus obras pudieran servir a ese hombre concreto, ayud ndole a mitigar sus desdichas, respondiendo a sus m s dolorosos interrogantes, revel ndole su propia tierra, esa patria tambi‚n concreta que est  hecha de trigales, de p jaros y lagunas en el campo, de calles y rincones en su ciudad, de amores y crep£sculos, de venturas y desventuras en com£n. Esa patria que ‚l amaba y que bellamente resplandece en sus p ginas; en un amor que parad¢jicamente se revela hasta en sus m s amargas reflexiones, cuando critica a los que lo ensucian o arrastran por el suelo, o lo posponen a sus s¢rdidos bolsillos. Pues no olvidemos que aun las mejores patrias, aquellas que han dicho algo al mundo, infinidad de veces fueron amonestadas por sus grandes esp¡ritus, con el coraz¢n desgarrado y sangrante: por Holderlin y por Nietzsche, por Dostoievsky y por Tolstoi. Y por aquel nobil¡simo Puchkin que, despu‚s de re¡rse con las descripciones que Gogol le le¡a, termin¢ exclamando con la voz anudada por la amargura: <<­Dios m¡o, qu‚ triste es Rusia! >>.

    Tambi‚n Leopoldo Marechal, en un poema memorable, exclama, o quiz  murmura con infinita pesadumbre: La Patria es un dolor que a£n no sabe su nombre.

    ------------------------------------------------------------------------------- Homenaje en la Universidad de Belgrano, Buenos Aires, el 20 de julio de 1978. -------------------------------------------------------------------------------

    Nos vemos.. =)

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